Icono del sitio Viajes y destinos de todo el mundo – soloqueremosviajar.com

Soria en otoño: yacimientos, lugares con encanto y destellos de Segovia

San Esteban de Gormaz (Soria). Imagen: SQV

San Esteban de Gormaz (Soria). Imagen: SQV

Soria evoca páramo castellano, ciudades monumentales y despobladas, poemas de Bécquer y Machado, el cauce del río Duero o la pegadiza canción de Gabinete Galigari. Para comprobar que, como indica esta última, “allí me encuentro en la gloria, que no sentí jamás”, subimos al coche y conducimos hasta la provincia con menos densidad de población, aquella que agrupa en total a tantos moradores como la montañesa comarca de la Vall d’ Albaida, en Valencia. Sí, andamos por 90.000 vecinos.

El viaje se alarga más de lo previsto por un inacabable atasco en el Alto Palancia castellonense que se prolonga más de 20 kilómetros. Lo suficiente para añadir media hora al tiempo calculado. A partir de entonces, desvío desde Teruel hacia Madrid y, a continuación, en dirección a Castilla y León. “Voy camino Soria…”, como repite la letra de la canción antes aludida.

Primera parada, la localidad medieval de Burgo de Osma

Y la primera parada llega en Burgo de Osma, la tercera ciudad en población de la provincia de Soria, con un censo que ronda los 5300. La oficina de turismo, enclavada en el antiguo hospital, con su vistoso claustro, constituye una de sus mejoras cartas de presentación. Ya te advierte de la magnitud de lo que verás.

La calle Mayor con sus soportales que custodian comercios tradicionales y bien surtidos, como carnicerías y hornos, capta la mirada por sus blasones, sus casones y, por supuesto, por la plaza Mayor, perfecta en días de sol para aposentarse en la mesa exterior de alguna de sus cafeterías.

Caminamos por ella hacia el castillo, lo que equivale a alejarse del centro y a caminar junto al río Ucero, que, junto con el Abión, atraviesan la urbe. Del espacio fortificado emerge, enhiesto, un tramo de muralla, lo hace frente a un puente que conduce a una iglesia, la de Santa Cristina. En ella, debajo del retablo mayor, tras el altar, una urna guarda las reliquias de la patrona de esta urbe, cuyos restos fueron traídos desde Roma a finales del siglo XVIII. Impresiona contemplarlas.

Vuelta a la carretera. Nos salimos de la provincia de Soria y entramos en la de Segovia, ya que nuestro alojamiento se halla en el municipio de Ayllón, en el linde entre las dos superficies provinciales. Nos alojamos en el hotel rural El Adarve, cerca de la iglesia de la iglesia de San Miguel y de la plaza Mayor, con su fuente de cuatro caños. Aquí pernoctamos tras una cena frugal.

Ayllón, uno de los pueblos más bonitos de Segovia

El segundo día comienza con un paseo por el cerro del castillo, donde destaca la denominada Torre de la Martina, que, pese a su nombre, no destaca como mirador defensivo, sino que cumplía las funciones de campanario. Desde allí entramos en un horno con aroma que estimula el apetito. Un par de palmeras de chocolate y una bolsa de magdalenas constituyen el fruto de la visita.

Retornamos a Soria y lo hacemos en dirección a Garray, pequeño municipio que destaca por la relevancia de su herencia histórica: el yacimiento de Numancia, la ciudad celtíbera que resistió durante once meses un avasallador asedio romano en el siglo II antes de Cristo y cuyos habitantes prefirieron, en su mayoría, la muerte autoinfligida a la esclavitud. Tenemos una visita guiada contratada con una profesional de este mismo lugar a las 12 horas y para llegar a tiempo debemos recorrer 98 kilómetros antes.

Dura 75 minutos -la visita-, como el resto de las organizadas en el yacimiento, y permite recorrer los vestigios, entrar en la reconstrucción de una casa romana del siglo I después de Cristo, en una de arévacos previa a su destrucción y contemplar, por medio de hitos, la escasa distancia que la separaba de la muralla de sitio que construyó el ejército romano.

Una incursión en Soria capital

Después nos acercamos a la capital, engalanada todavía por los rescoldos de las fiestas de San Saturio, el anacoreta visigodo patrón de la ciudad. Un espigado mercado medieval copa su centro. Lo contemplamos, con detalle y con degustación de un producto más actual como crepe de galleta oreo, mientras nos dirigimos a la concatedral de San Pedro, con su monumental claustro, y seguimos hasta el cauce del Duero. “A la ribera del Duero, existe una ciudad; a la ribera del Duero, mi amor te espero…” vuelve a invadir mi mente la canción de Gabinete Galigari.

El castillo bajo el parador, la degustación de los clásicos torreznos y de unas migas también típicas observando el tiempo pasar en esta urbe que apenas supera los 40000 habitantes copan nuestra tarde. “Lentamente caen las hojas secas al pasar, y el cierzo empieza a hablar”, sigue la letra.

Vuelta a Ayllón (con parada en San Esteban de Gormaz)

Retornamos a Ayllón previo paso por San Esteban de Gormaz (quinta localidad con más censo de la provincia al rozar los 3000 moradores), con su puente medieval sobre el río Duero, el castillo aupado en el cerro que ahora queda reflejado por un tramo de muralla únicamente en un lateral o la iglesia de San Miguel, con su galería porticada, dejan clara la relevancia del legado del municipio que acogió las primeras cortes de Castilla notificadas, en el siglo XII y bajo el mandato de Alfonso VIII. Vuelta a atravesar la frontera con Segovia y a pasear, cenar y dormir en Ayllón.

En este tercer día una confusión de Montejos en el Google maps nos lleva al de Tiernes, en Soria, en lugar de al de la Vega, en Segovia. El fallo lo conseguimos transformar en acierto al incluir en nuestra ruta, ya que estamos cerca, al yacimiento celtíbero de Tiermes. En esta ocasión, y pesa a llegar a las 12,30 horas, cuando comenzaba una visita guiada junto a la iglesia del mismo nombre del lugar, optamos por recorrer el antiguo poblado arévaco y posterior localidad romana por nuestra cuenta.

En comparación con Numancia, y pese a que no se halle envuelto en la leyenda numantina, tiene más que ver, porque el foro se acierta a distinguir y la naturaleza, con sus siluetas, acompaña, como lo hace en el teatro rupestre, con un graderío natural sobre una roca. O en la denominada Puerta del Sol, uno de los accesos naturales a la antigua ciudad por un pasaje de 45 metros que me recuerda, en miniatura, al desfiladero que conduce al Tesoro de la jordana Petra.

La antigua villa romana de 35 metros también puede apreciarse relativamente y, sobre todo, captarse la magnitud del viaducto recorriendo un túnel de casi 150 metros de extensión que, con alguna entrada de luz natural, atraviesa las instalaciones de un antiguo oppidum que no fue conquistado por Roma hasta décadas después de que Numancia cayera.

El mejor lugar para comer: Riaza

Desde allí tratamos de dirigirnos a Riaza y buscar donde comer; no obstante, todos los restaurantes, tanto en esa localidad como en la nuestra, Ayllón, están al completo, sin plazas libres. Logramos entrar en el horno antes de que cierren y agenciarnos la postrera barra de pan y el último trozo de empanada de hojaldre y los degustamos, junto a restos de la tortilla de patata que sobró de anoche, en nuestro balcón con fabulosas vistas.

Por la tarde nos desplazamos a Maderuelo, ya de lleno en la provincia de Segovia, hacia su vertiente occidental. Conforme nos acercamos podemos contemplar -y no me deja de asombrar- el embalse de Linares del Arroyo con apenas un riachuelo recorriéndolo y el resto, como una larga extensión de la tierra húmeda, aunque sin agua sobre ella.

Y la segunda cuestión que más impresiona consiste en ver el puente románico enterrado en ese embalse y del que en este caso emerge la zona de paso y se hallan zambullidos sus arcos. Parece que únicamente consista en una pasarela. El casco urbano de este pequeño municipio de apenas un centenar de moradores destaca por asomarse a un enorme risco y permitir observar una amplia panorámica.

Subimos de nuevo al coche para desplazarnos a nuestro último destino de esta jornada, a Riaza. Continuamos en la provincia de Segovia, aunque en este caso en el tramo de los denominados Pueblos Negros, hacia su vertiente este. Riaza resalta sobre todo por su plaza Mayor, con forma ovalada, limitada por casonas con arcos y en cuyo centro descansa una amplia extensión de arena, como si de un coso taurino o unos metros de playa se tratara.

Su baja contaminación lumínica, su altitud que supera los mil metros y, principalmente, la enorme superficie verde en su casco urbano, gozosamente aprovechada por sus pobladores, le inducen a destacarse como el ‘pueblo más sano’. No sabría ratificar si lo es tanto; en cambio, sí que puedo asegurar que su plaza sobresale por su singularidad, con unas farolas que, a estas horas de atardecer, iluminan ya los soportales de madera para despedir nuestro viaje.

Otros reportajes que pueden interesarte:

Salir de la versión móvil