
Recorrido fluvial por el río Saona, uno de los grandes afluentes del Ródano, que atraviesa el este de Francia. Empezamos en la localidad ribereña de Saint-Jean de Losne, en la región de Borgoña-Franco Condado. Lo hacemos, en concreto, en el puerto que tiene adaptado la empresa Le Boat, con la que hemos contratado el barco al que llaman Magnífico, y que posee como cifra de serie C591.
Nos citan a las 13 horas para darnos toda la explicación y hacer el recorrido de prueba, pero al no haber terminado la empresa los preparativos de la embarcación, la entrega se retrasa a las 15,30, con un calor sofocante que complica la instalación y el acoplamiento al nuevo entorno de 14 metros en el que nos desenvolveremos siete personas durante la próxima semana.
Nos vamos familiarizando con la embarcación en un recorrido corto que finaliza, en esta primera etapa, tras superar tres esclusas del canal del Rhone (dos con mando automático y una, con esclusero), en un pontón sin suministro de luz ni agua. Será una excepción y está muy cerca de una panadería que sirve a todas horas mediante una máquina expendedora. Cenamos en la borda superior en una tranquila noche de 15 de agosto.
Hemos tomado un desvío del Saona por el canal del Rhone para llegar hasta el pueblo de Dole, recomendado por sus calles de trazado medieval. Nos supone seis esclusas más, con el proceso de amarre por delante y por detrás para minimizar el movimiento del llenado de agua (al regreso será de vaciado) y cinco horas hasta llegar a la citada Dole, donde atracamos en su puerto y nos vamos habituando a los procesos de conexión de electricidad y de abastecimiento hídrico en el tanque.
La monumental iglesia, el clásico mercados des Halles, la isla entre canales poblados de nenúfares y, sobre todo, la casa de Louis Pasteur, el inventor de la vacuna contra la rabia, identifican este destino. Ese domicilio se halla en el barrio de teñidores, una zona humilde y en los estertores de la edad Media consagrada a un oficio que desprendía olores putrefactos y no destacaba en la jerarquía social. Cenamos, precisamente, entre canales, en el restaurante Charles, fuera de nuestra terraza naval habitual.
El canal de las nueve esclusas
Desandamos (o desnavegamos) las cinco horas de canal de Rhone y sus nueve esclusas, en una rutina de lanzamiento y recogida de cuerdas de amarres para retomar el río Saona y comer precisamente en nuestro punto de origen, Saint-Jean, frente a donde tomamos unos helados el día de nuestra espera. Hoy lo hacemos desde una panorámica opuesta, mirando el puerto, atracados y disfrutando de nuestra propia terraza en el bote.
Así continúa la navegación dos horas más, aunque ya por el río Saona, principal vía de nuestro recorrido, en dirección hacia Seurre. Antes pasaremos por una esclusa grande, de las que enlazas las cuerdas de amarre de proa y popa en el mismo noray, y en el que caben perfectamente casi media docena de embarcaciones de tamaño medio.
Con una distancia que ronda los cien metros entre las dos orillas, llegamos hasta Seurre, donde lo primero que hacemos es acudir a Capitanía para informar de nuestra llegada y que nos cobren por la utilización de luz y agua (aquí son 21 euros, mientras que en Dole la tasa ascendió a 17,52) y, personalmente, aprovechar para darme una ducha en un lugar más espacioso que la cabina de barco.
Paseamos por un pueblo que carece del encanto de Dole aunque el entorno natural lo revaloriza, hacemos acopio de comida y agua y nos dedicamos a preparar y a disfrutar de nuestra cena fluvial mientras anochece.
El motor no arranca
Al día siguiente, cuando vamos a zarpar, no arranca el motor de Magnifique. Llamamos a la base y nos topamos con la positiva coincidencia de que el mecánico de le Boat está llegando al puerto de Seurre porque el barco amarrado junto al nuestro, de la misma compañía, también ha comunicado una incidencia. La nuestra consiste en un problema con el arranque que soluciona con eficacia el técnico que, casualmente, fue el mismo que nos había explicado el sábado inicial cómo manejar la embarcación.
Seguimos nuestro camino hacia Chalón. Las escasas esclusas ya son de gran tamaño, de las que el agua desciende tres metros mientras estás esperando sujetando un cabo que parece infinito cuando te encuentras cerca del noray pero que mengua a un ritmo endiablado a medida que achican y baja de altura la embarcación, hasta que apenas te quedan unos centímetros de margen. Las maniobras se ralentizan porque agrupan a varios barcos en la misma acción.
El puerto de Chalón es, sin duda, el más completo del listado de los atracados. Se sitúa junto a la isla que configura el corazón del municipio y que agrupa numerosos restaurantes, la de Saint-Laurent. Aunque dispone de numerosos pontones para amarrar, el hecho de llegar hacia última hora de la tarde complica nuestro estacionamiento. En este caso, por primera vez, alguien de la Marina sale a orientarnos. En este lugar, además, tanto el uso de duchas como de lavadora resulta gratuito. Y tenemos un extenso centro comercial frente a nosotros para aprovisionarnos de bebida y comida.
Después de recorrer los apenas 500 metros de la isla de Saint-Laurent atravesamos uno de los tres puentes que la enlazan con el resto del casco urbano y paseamos hasta la plaza de Saint-Vincent, donde se ubica la majestuosa iglesia -antes catedral- de la misma denominación, entornado por casas de madera del estilo medieval (pan au bois) tan característico en Francia. Cenamos en un apañado restaurante que entremezcla pizzas y platos franceses denominada como uno de estos últimos (aunque posiblemente sea más popular en Bélgica), Moules-frites.
Cruasanes matutinos
En la mañana del miércoles se instala el mercado ambulante de alimentos en la plaza del Ayuntamiento, junto al hotel de ville. Compro unos cruasanes algo requemados a un hosco hornero que los cuece in situ. Lo hago con cierta desconfianza por el aspecto del producto y la escasa simpatía de quien me los suministra. No obstante, no encuentro más opciones en la zona. Al final, el resultado -en lo que al sabor respecta- responde, por desgracia, a las negativas expectativas.
Zarpamos avanzada la mañana y atracamos para comer junto a la antigua esclusa de Gigny. Continuamos en la región de Borgoña-Franco Condado. Esta vez hacemos picnic en una zona habilitada para este menester y, sobre todo, sombreada, porque en la borda del barco el sol nos asaeta de manera inclemente. El tono rojizo-marrón de nuestra piel atestigua las horas de exposición continua y contundente.
Proseguimos hasta Tournus, en cuyo puerto apenas hay suministro de luz y agua y donde compartimos espacio con un grupo de feriantes. El calor continúa siendo sofocante a pesar de que ha anochecido. El paseo por el casco histórico lo concluimos en restaurante Hotel de Ville -como si fuera el ayuntamiento de la gastronomía. Hasta la fecha, sin duda se trata del lugar con mejor relación calidad-precio en el que hemos comido. La noche, pese al calor, a la falta de conexión eléctrica e hídrica y al estar en un extremo del paseo marítimo -o quizás por este motivo- transcurre plácida.
Al día siguiente, como en cada jornada, salida a dar un paseo y a comprar en la panadería los cruasanes, baguettes y pan de chocolate para desayunar. También, en una jornada tórrida, continuamos nuestra travesía, aunque hoy nos desviaremos para cambiar de río y encauzarnos por el Seille, por pequeñas esclusas manuales, ni automáticas ni grandes. Nos tendremos que apañar para abrirlas y cerrarlas, aunque antes recibiremos una somera explicación de un esclusero.
A mitad de etapa nos paramos en La Truchère, una pequeña localidad de pescadores ubicada en una reserva natural que nos permite pasear por un tramo boscoso y escuchar los diferentes sonidos proferidos por aves, ranas y otros habitantes del entorno.
El pueblo del libro en Francia
Retomamos la navegación hasta nuestra parada de noche, Cuisery, uno de los seis pueblos catalogados como Villa del Libro en Francia. El amarre se sitúa junto a un camping. Llegamos justos para atracar, colocarnos bajo un frondoso árbol y disfrutar de un picnic a base de una completa ensalada y patés y quesos de la zona.
Por la tarde ya descubrimos el encanto de Cuisery y lo hacemos recorriendo su calle principal, donde se arraciman las librerías. Cada una se diferencia, además de por su rótulo, por el color de la fachada y por una letra del abecedario que luce. Dentro, libreros jubilados consagrados a su pasión y eruditos de la literatura atienden, conversan e ilustran sobre los miles de ejemplares que reposan en sus estantes. Todos atesoran lustros o décadas. No importa, los conocen al dedillo y te pueden informar del que sea o de la temática que quieras.
El espacio más impactante de este rincón de Francia se llama Guttemberg, como el inventor de la imprenta, porque está consagrado precisamente a ese invento. En él, un veterano maestro impresor, Jean Pelichet, explica, derrochando vocación, cómo funciona una prensa de madera que reproduce las primeras existentes. Se trata de un personaje entrañable, divulgador hasta la médula, enamorado de su oficio y minucioso en la ordenación de su trabajo.
Cenamos en el barco y, al día siguiente, paseo de una hora por el pueblo para ver de qué modo se preparan las librerías para iniciar su jornada y, en nuestro caso, para zarpar y cumplir nuestro último día de navegación fluvial.
Cierre en Branges con mercado vespertino
El último día en Francia transcurre con tranquilidad, apurando la última esclusa -en este caso, totalmente manual, lo que nos obliga a abrirla y a cerrarla, aunque es un proceso que, con el tiempo, voy disfrutando- y navegando apenas tres horas. Las recorremos conscientes de que la travesía termina, apurando cada kilómetro. Y así llegamos a Branges, una localidad de Francia pegada al río donde tiene base Le Boat, la empresa naviera que organiza estos trayectos por río.
Esta jornada más estirada de estancia en puerto fluvial nos permite desplazarnos -a pie o en bicicleta, depende de cada cual- a la cercana localidad de Louhans, con su neogótica catedral, sus 157 arcadas en la calle principal o su hotel de Dieu, que solo admite visitas guiadas. Da para un agradable recorrido, más cuando se llega por el itinerario del bosque, junto al río, caminando cinco kilómetros desde Branches.
Por la tarde se celebra en nuestra localidad de destino final el mercado vespertino de Les Chandelles, con una veintena de puestos de artesanía principalmente, una actuación musical de la banda local tirando de repertorio bastante clásico y un suministro de hamburguesas, longanizas y salchichas, con vino tinto local, de melocotón (como suena) o cerveza dentro de una nave abierta por los laterales, en tradicional celebración festiva autóctona. Supone un buen epílogo para este viaje por el río Saona principalmente, a medio camino de Dijon y Lyon.
El regreso a España será largo, con ocho horas de autovía por Francia para bajar hasta el pequeño municipio de Labastide, cerca de los Pirineos, donde pernoctamos en Chez Peyrin. Se trata de una casa convertida en alojamiento con desayuno por sus propietarios, una familia harta de París que ha decidido instalarse en la campiña, cerca del domicilio de los padres de ella, e iniciar un nuevo negocio con un estilo de vida distinto. Llevan apenas dos meses en ello. El lugar constituye un auténtico remanso de paz, una casona aislada y calma, para mantener el espíritu del trayecto por este viaje a Francia.



