
A lo largo de un lustro tuve, por motivos laborales, la ocasión de visitar con frecuencia Londres
y pasearla con detalle. Posteriormente, mis aterrizajes resultaron bastante más esporádicos. Y
este año he vuelto después de dos décadas sin pisarla.
No obstante, desde que la empiezo a pasear percibo que las sensaciones de hacerlo no han
cambiado. Ni la estructura y el rótulo de las calles; el hecho de no tener claro a qué lado mirar
al cruzarlas, los elevados precios en los restaurantes o su carácter cosmopolita.
No recordaba tanto el Thames link, el tren que enlaza el aeropuerto de Gatwick con la ciudad y
que nos deja en la parada de City -poco después de atravesar el río Támesis- en apenas 40
minutos, por unas 15 libras por adulto. Nos alojamos en un Z hotel, alojamientos de
habitaciones pequeñas aunque cómodas y, principalmente, con una relación precio asequible
para los parámetros en que se mueve la capital inglesa. Además, si te asocias (la inscripción
resulta gratuita), tienes ventajas como alargar el check out a las tres de la tarde.
Y cenamos en un local de Poppies, cadena especializada en fish and chips a unas 20 libras la
unidad media. Con las paredes decoradas al estilo retro mostrando fotografías en blanco y
negro, discos de vinilo o firmas de cantantes de hace medio siglo. La estética tiene su encanto.
Quizás, con el crujiente del rebozado pescado, es lo mejor en esta noche de viernes con
animación en el centro de la ciudad.
Partido de fútbol local
Sábado de partido de fútbol. Nos desplazamos con la Central Line del metro loindinense desde
Holborn hasta White City para, a partir de esa parada, caminar diez minutos hasta Matrade
Loftus Road, un estadio que desde fuera parece una nave industrial, con una capacidad que no
llega a los 20.000 espectadores de aforo y en el que hoy disputan un partido el equipo local, el
Queens Park Rangers (QPR), y el Bristol City como visitante.
No es que seamos forofos de cualquiera de los dos; no obstante, queremos vivir el ambiente
de un encuentro de la liga inglesa (en este caso, de su Championship o segunda división).
Escogemos a un equipo con larga historia, cuyo estadio no se halla demasiado lejos de nuestro
alojamiento, con entradas a un precio bastante más asequible que las de Premier y que juega a
una hora que favorece la asistencia (en este caso, las 12,30).
La afición visitante, que se encuentra conformada por alrededor de un millar de personas,
destaca por su capacidad de animar y generar bullicio, animando sin descanso. La local espera
hablando y tomando algo en la periferia y en los pasillos del estadio hasta prácticamente el
pitido del árbitro para que se inicie el partido. Este último no pasará a los anales de la historia.
Acaba con empate a cero y sin apenas ocasiones.
Como detalle, contar que el QPR me envío al correo en el que compré las entradas una amplia
información, dos días antes del partido, sobre qué hacer en los alrededores, cómo acceder al
campo y un largo listado de detalles, algo que no me ocurre con mi equipo, el Valencia CF,
cuando adquiero entradas por el mismo procedimiento. Agradecido por esa deferencia de un
conjunto de mitad de tabla de la segunda división inglesa que demuestra su cercanía.
El bohemio barrio de Notting Hill
Termina el partido y paseamos hasta el bohemio barrio de Notting Hill con el objetivo de
recorrer el popular mercado de la calle Portobello y de comer en un puesto callejero.
Difícil escoger entre las múltiples casetas que, situadas al principio del núcleo principal de tiendas,
ofrecen, pegadas unas a otras, platos de diferentes países y continentes, y que te insisten en
que pruebes con tenedorcitos de muestra. Al final optamos por un bocadillo con pan de pita
en el puesto libanés que mezcla carnes de pollo y cordero con lechuga, tomate, cebolla… salsa
de ajo, que cuesta 12 libras. Delicioso. Como el vaso de fresas con chocolate a ocho libras.
Después, recorremos toda la calle para observar el mercado mientras nos cae una leve
tormenta londinense, de esas que te obliga a desplegar el paraguas precipitadamente para
cerrarlo empapado a los cinco minutos.
Y, ya que estamos, seguimos caminando. Recorremos Hyde Park de un extremo al contrario.
Pasamos junto al memorial de Diana, nos situamos en la orilla del lago en espiral, esquivamos
a dos pelícanos que atraviesan embalados la calzada… y así continuamos para entrar en Saint
James Park con el fin de ubicarnos frente al Palacio de Buckingham.
Proseguimos hasta el Big Ben, con el limítrofe Palacio de Westminster. Paseamos frente a un
fuertemente custodiado número diez de Downing Street, observamos de frente la estatua de
Nelson y retornamos a nuestro hotel para descansar, no sin antes comprar, en una tienda de
gominolas, mango pelable.
La elección para cenar es el internacionalmente conocido Chinatown, y en concreto Beijing
dumpling, un bar cuya cola en la entrada reafirma que la decisión puede ser acertada, y cuya
degustación en el interior (pato con sus crepes, dumpings vegetales y cerdo, arroz con pollo y
té chino) lo ratifica. Recomendable. Por ese motivo cito el nombre, algo que no suele hacer si
no considero que merece ser visitado un establecimiento. Nos sale la cena a 35 libras en total.
Visita al British Museum
Tercer día. Cita en el British Museum. Gracias a haber reservado en su web con antelación a
coste cero y a una hora determinada (las 10,10) nos ahorramos una larga cola de personas que
van a solicitar directamente la entrada en taquilla. Entramos y vamos directos a la zona de
Grecia, hacia el friso del Partenón, con gran parte de los 160 metros de esculturas que lo
recorrían. Antes, una aglomeración de personas haciéndose fotos nos permite detectar que
pasamos junto a la piedra Rosetta.
Una pena que estén cerradas salas importantes como la del mundo de Alejandro, la del
mausoleo de Halicarnaso o la del imperio asirio. No obstante, las salas del antiguo Egipto con
su recopilación de sarcófagos y momias expoliadas (dudo que estar expuestos sus restos en
una sala fuera el concepto que tenían de inmortalidad en aquellos tiempos ya remotos), la
etrusca, la de las colonias griegas en Roma y un largo etcétera de espacios con riquezas
patrimoniales que el Reino Unido se ha llevado de aquí y de allá satisface la curiosidad de la
visita.
Nos dirigimos, con la Central Line a unos diez minutos a pie del Borough Market, una opción
similar a la del día anterior en Portobello para comer de puestos callejeros, aunque algo más
estáticos y con productos a un precio un pelín elevada. Nuestra opción consiste en ponernos a
la cola del fishkitchen para pedir sus afamados fish and chips, a 16 libras la caja. La calidad del
primero se nota en el sabor del pescado y en el crujiente del rebozado.
Me gustan más que en Poppies, aunque puntuaría menos a las patatas. De postre nos
bebemos, en otro local, una limonada con yuzu, un cítrico asiático que le da un sabor tan difícil
de detectar -como mínimo en el puesto donde lo adquirimos a cinco libras- que apenas
distingue al líquido de la clásica limonada.
El campo del Arsenal
Nos subimos en la Northern Line para empalmar con la Great Northern Line y desembocar en
el campo del Arsenal, el Emirates Estadium. Esta vez no vamos de partido, sino de recorrido
por las gradas vacías en una visita sobre la que una audioguía nos ofrecerá unos detalles
superficiales. Decepcionante, cara y poco recomendable para quien no sea aficionado
acérrimo del Arsenal o no haya visitado antes otros estadios con recorridos menos caros y más
completos y tenga la suerte de sorprenderse en positivo por carecer de elementos de
comparación.
Volvemos caminando desde Dryton Park, atravesamos la espigada Liverpool Road, compramos
una bebida y unos mochis de té matcha en un supermercado coreano y retornamos al hotel en
este día de meteorología tan cambiante como habitual. Cenamos en otro descubrimiento:
Wagamama Convent Garden, con deliciosos nodlees e invitaciones a bebidas como té chino o
cococino (leche y chocolate espolvoreado). Por 20 libras comemos dos personas.
El último día lo dedicamos al imperdible paseo por la orilla del Támesis para subir a la altura del Parlamento y caminar junto a este edificio, el de la abadía de Westminster, el puente de Londres, Picadilly… y desembocar en Trafalgar Square . Muy cerca, junto a la estatua de Nelson y en el lado contrario del espacio donde se ubica la National Gallery, abre sus puertas cada día el pub Silver Cross, con comida casera de sabor conseguido a buen precio.
Desde allí retornamos al Z City Hotel-donde, por cierto, junto al mostrador puedes disfrutar de unos deliciosos sorbos de agua con pepino,- apuramos hasta las 15 horas, nos colgamos las mochilas a la espalda y nos dirigimos a la estación de City Thameslink para subir en nuestro tren con destino final Brighton aunque con parada real justo la anterior a esta terminación, la del aeropuerto de Gatwick.
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