Cala Llonga, localidad ubicada en la isla de Ibiza entre la capital del mismo nombre y la
población de Santa Eulalia, destaca, como su nombre indica, por el entrante de mar entre los
riscos que escoltan su playa. Medio kilómetro de carretera atraviesa su arteria central,
rodeada, sobre todo, de restaurantes y hoteles. Entre ellos, cerrando la calle, se halla Ses
Veles, con pequeños apartamentos, piscina y hamacas.
Sirve como punto de partida para transitar por una pequeña población que, en esas semanas
de frío inciso que hermanan invierno y primavera, la recorren sobre todo trabajadores en
tareas de mantenimiento y, principalmente, de preparación de los complejos turísticos para lo
que están acostumbrados que suele pasar de cara al verano.
Hasta que eso ocurra, y en este inciso temporal, puede disfrutarse con tranquilidad de su sol y
de su cala. O saborear las primeras horas del día desde el mirador de su posta de Cruz Roja,
acicalada de madera y ubicada en pleno centro de la playa, en el punto más estratégico para
controlar una extensión que, de diámetro, no pasará del cuarto de kilómetro.
Vacía más allá de cuatro transeúntes que pasean con sus perros, da pie y transmite buen
ánimo para saludar el día con una sesión de yoga. Para el baño en el mar el agua todavía anda
demasiado fría. Y, después, para comprar el desayuno, Cala Llonga dispone de dos pequeños
supermercados abiertos en esta época del año, uno de los cuales lo hace únicamente en
horario matutino. Lo justo para suministrar a la reducida clientela con la que cuentan a finales
de marzo.
Otra opción deportiva consiste en hacer senderismo en dirección a la cercana Sol d’En Serra,
con su playa y su campo de golf. En este caso, se trata de seguir una ruta señalizada en rótulo
morados con el número 8 hasta que sale de la carretera principal y se asoma a un desfiladero.
A partir de ese momento desaparecen las señales, la estrecha senda sube montaña a través
hacia el Puig de Ses Torretes y, desde allí, inicia un pronunciado descenso, con numerosos
obstáculos naturales en el camino y final por un sinuoso y seco barranco, que devuelve a la
cala. Unos cien minutos de recorrido.
Para comer elegimos otra cala, en este caso de nombre Martina. En concreto, el restaurante
que luce la denominación completa: Cala Martina. Lo escogemos, sobre todo, porque está a
pie de playa. Merece ir precisamente por ese hecho, por comer pisando la arena y
contemplando la cala. Menos por lo que nos sirven, calidad media a elevados precios. Y una
bandeja de productos marineros en la que ocupan más espacio patatas fritas reblandecidas y
pimientos que el pescado. Porque de marisco solo hay una gamba.
Sant Miquel de Balansat en Ibiza
Nos desplazamos desde allí hasta Sant Miquel de Balansat, básicamente para contemplar su
histórica iglesia, aledaña a la biblioteca municipal, cuya puerta posterior da al patio del templo,
encalado, por cierto, como toda la parte principal del recinto. En cambio, si se circunvala
puede admirarse su parte posterior amurallada, que recuerda más a ese inicio de la
construcción en el siglo XIV, y su cementerio. Con sencillez, impone por su ubicación, en la
parte más elevada del casco urbano, por su pulcro color blanco y por el amplio y heterogéneo
repertorio de imaginería católica que contiene.
Compra en el supermercado y regreso a la base para observación de la puesta de sol sobre una
hamaca de la solitaria piscina, con su agua limpia, preparada para los miles de chapuzones que llegarán, aunque congelada y aún no amistosa para sumergirse en ella. La noche es gélida y se presta a refugiarse en el apartamento.
Diferente a los albores del día siguiente, soleado, con 17 grados a las 7,30 de la mañana. Esta
circunstancia favorece bajar a la playa. No tanto a bañarse sino más a disfrutar de las primeras
horas de la jornada con ejercicios, meditación o aquello que se quiera, porque la cala
únicamente la pasean tres o cuatro transeúntes y mantiene el encanto de la tranquilidad,
aunque pueda sorprender en Ibiza.
No obstante, la isla también tiene su temporada baja, aquella en la que se paladea más su
regusto si lo que se busca no es fiesta ni baños de sol y agua, y se puede aparcar prácticamente
en la puerta de donde vayas. O en la que encuentras cruasanes de horno en el supermercado
avanzada la mañana. E incluso en la que, en este caso sí, el calor que va incrementándose
ofrece la posibilidad de circular en manga corta y de darse el primer chapuzón piscinero de la
temporada a mitad de marzo. Aunque sea para hacer un ida y vuelta a la piscina y salir
contraído por el frío.
Santa Agnes de la Corona
Nos movemos con nuestro Seat Ibiza a Santa Agnes de la Corona, una pequeña población
ubicada en el nordeste que destaca por sus almendros, por su iglesia en honor a su patrona,
Santa Inés, con ese blanco impoluto que caracteriza a los templos de esta isla y de otra
muchas, y su rica imaginería, y por su bar. Sí, porque la carretera desemboca y se corta
directamente en Ca Cosmi, y más en concreto en su balconada, desde la que se puede otear
toda la panorámica rural y ganadera.
Su especialidad es la tortilla de patatas, aunque coincide que el cocinero tiene día libre. No
obstante, el queso de oveja que nos ponen está exquisito. En cualquier caso, prima la belleza y
calma del entorno. Estamos en la Ibiza agrícola e invernal, muy diferente de la que suele
imaginarse al evocar la isla.
Santa Gertrudis de Fruitera
Nos desplazamos a continuación a Santa Gertrudis de Fruitera. Su casco urbano constituye un
imperdible en los viajes a esta tierra, El tramo que empalma la Plaza de la Iglesia y la calle de la
Venda de Ses Poble transmite parte de la esencia de la isla, con su templo blanco, sus calles
peatonales, sus terrazas para disfrutar con parsimonia del día y sus tiendas de prendas de
vestir con ese estilo peculiar bautizado como ibicenco, de ropas holgadas, de colores claros,
desenfadadas…
Buscábamos el bar Costa por sus tostas. Ocurre como con tantos otros establecimientos que
ser nutren sobre todo del turismo, que cierra en temporada menos alta. En cualquier caso, nos
nutrimos con el menú del colindante bar Ulivans, que incluye el postre característico
denominado greixonera, con ensaimada del día anterior, huevo o canela. A 15 euros menú
completo y 10, medio, un precio que en esta isla parece barato. Todo ello amenizado con el sol
de la isla, que calienta sin tostar, en su punto justo.
Paseo, carretera, parada en supermercado y retorno a la base para contemplar, de nuevo, la caída del sol desde una hamaca de la solitaria piscina mientras el día comienza a desvanecerse, y el viento a recordar que todavía quedan algunos meses para el verano. Este año no podrán ser ni mercado hippie de Dalias ni el de Sant Joan de Labritja, cerrados.
El último día rompe la tendencia de sol invernal disfrutada hasta la fecha, con viento diurno y
nubes. La mañana de playa resulta imposible. No pasa nada. La cala mantiene su belleza. No obstante, la jornada invita a subir al coche y pulular por la isla. Y hoy, además, la localidad de Sant Josep celebra sus fiestas patronales. Por tanto, primera etapa.
Misa con bailes típicos a la salida, mercadillo de productos alimenticios y conciertos delante de
algunos bares con toma de vermouth incluido. Un amable policía local nacido en Barbate nos
compara la pequeña extensión del casco urbano comparada con la amplitud del término
municipal, que destaca por sus múltiples aldeas y caseríos.
Sant Antoni de Portmany
La segunda etapa tiene como destino Sant Antoni de Portmany, una localidad que, por tercera
vez, encontramos en plena temporada de acicalamiento, con obras y limpieza de fachadas.
Aún queda para su esplendor estival. Otra muestra lo suponen los incontables locales cerrados
en su centro comercial. No es la época anual de fulgor. Comemos en Benítez, el típico bar de
lugareños con un menú bastante apañado a 13,5 euros y medio, con bebida y postre en el lote.
El precio más barato que hemos encontrado en la isla. Después, descenso hacia Sa Caleta para
contemplar los vestigios fenicios.
Tránsito por el paseo marítimo y, antes de enfilar definitivamente el aeropuerto, nos damos un
paseo por el centro de la ciudad de Ibiza. Paseo Vara de Rey, Vía Púnica, plaza del parque…
chocolate en la cadena Harinus… y retorno para espera final antes de retorno a Valencia.
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