Formentera: la normalidad del encanto de la isla (II)

Paseo entre las dunas de la playa de Migjorn.
Paseo entre las dunas de la playa de Migjorn.

Tercer día en Formentera. Hoy el paseo sí que me lleva a Es Pujols por las sendas para caminantes y la penitencia de un sol que cada día parece deslumbrar más. Una hora y cuarenta minutos entre ida y vuelta.

Después de desayuno y ducha, carretera hacia el faro de la Mola, que abre de martes a sábados. Es el más antiguo de la isla y, aunque no se pueda ascender a su atalaya, sí que puede contemplarse la exposición ubicada en lo que fueron las casas en las que convivían hasta tres familias de torreros, los que se turnaban en esa labor. La muestra aborda la biodiversidad de la isla o la tradición pesquera, entre otras cuestiones. Constituye una suerte de museo etnológico.

Mercadillo Es Pujos. Imagen: RV EDIPRESS 

Vale la pena asomarse, con precaución, eso sí, al acantilado, junto al faro. O acercarse a la próxima tienda de recuerdos. Desde el citado faro a la población apenas discurren dos kilómetros y medio. Visita rápida a la Mola que da para poco más que transitar junto a tiendas y recorrido por cala del Muerto y la de Es Arenals. El panorama de aguas cristalinas se repite, vayas donde vayas.

Y, de allí, comida en Lukcy, un chiringuito en la playa de Es Migjorn, situado en primera línea en el que en disfrutamos, al son de las canciones de Fito y Fitipaldis, de una deliciosa focaccia. A 30 metros de la orilla, con la sensación de que estamos de vacaciones. Relajación, buena comida y servicio esmerado a un precio razonable. Poco más se puede pedir.

Esta noche nos quedaremos sin puesta de sol porque donde vamos a comer, en Es Caló, nos sitúan dentro. Se trata de una diminuta localidad, sin paseo marítimo y conocida por proliferar –dentro de su tamaño- los restaurantes. Y, de allí, a una heladería en Sant Francesc. Son tan cortas las distancias que, al tampoco haber apenas tráfico, no supone esfuerzo alguno recorrer diez kilómetros en coche. De paso, nos acercamos al centro de la capital, donde están con el ciclo Jazz en la plaça.

La sargantana

Tercer paseo matutino. Esta vez por el carril bici –apenas me cruzo con tres grupos de ciclistas en todo el recorrido- hacia Es Caló, previo paso por cala En Baster y entrada, a mitad del recorrido de vuelta, por la senda 15, que se dirige hacia Sant Francesc, aunque antes me bifurco hacia Es Pujols para retornar a la base. En todos estos recorridos el senderista cuenta con una fiel compañera: la sargantana de Les Pitiuses, una largatija de un singular color verde brillante. Basta con que aguantes la mirada en algún lugar pedregoso, boscoso o dunar y aparecerá una en breve.

Ni aglomeraciones ni cercanía en Formentera

Calle comercial en Sant Francesc
Calle comercial en Sant Francesc

Hoy toca cala Saona, otra de las grandes conocidas. Es domingo y hay algo más de gente, aunque sin tráfico ni dificultades para aparcar al lado. Poca o ninguna mascarilla porque, realmente, se mantiene la distancia interpersonal de dos metros sin necesidad de forzar ni de buscarlo. No se producen aglomeraciones. Ni tan siquiera cercanía.

Antes hemos ascendido a una pequeña colina para voltear la torre de Es Catalans, una de las cuatro vigías. Esta se abre al público únicamente sábados por la mañana. Al igual que el resto de torreones, o que los monumentos megalíticos, el acceso no resulta fácil ni está señalizado. Queda claro que para el visitante medio o para quien impulsa el turismo en la isla se trata de objetivos menos que secundarios.

Retorno a Es Pujols

Retorno a Es Pujols, donde ya golpea un sol de esos que te hace buscar desesperadamente una sombra. En el paseo marítimo encuentras pocas en forma de local, ya que la mayoría permanece cerrado. Apenas han abierto los situados en los extremos. Y un veterano vendedor de pulseras artesanales, que ha colocado su tenderete al inicio del paseo. Las barcas de pescadores sobre sus lanzaderas despuntan como el principal atractivo del recorrido.

Formentera
Formentera

Vuelta a Sant Ferran previo paso por el horno. Después, visita frustrada al mercado dominical de artesanía de la Mola, ya que, como he comentado con anterioridad, han retraso la apertura. El 28 de junio todavía estaba cerrado. Después de confundirnos con mallorquines, nos invitan a acudir el 1 de julio. Una pena. Ya no estaremos.

Y hoy la puesta de sol toca en el Blue Bar, en Migjorn. Se trata de uno de los locales emblemáticos de la isla, de esos que mientras te sirven un mojito sin alcohol a ocho euros te ofrecen su gama de camisetas. El ocaso del día tan solo se vislumbra en su plenitud desde las mesas de la entrada. Contemplas cómo desaparece el sol entre las dunas y los cañaverales.

El día lo rematamos con una deliciosa cena en Cafuné, un restaurante situado junto a la carretera, en la entrada de Sant Ferran desde Es Caló, donde igual venden cactus a cientos de euros que muestran cuadros de paisaje o sirven exquisitos bocadillos de difícil descripción. Nos explican que la pandemia les ha obligado a reciclarse y establecer sinergias entre profesionales de varios sectores, y que antes se dedicaban al catering de bodas.

Última ruta matutina y regreso

Última jornada. La ruta matutina me conduce por la senda 15 hacia Sant Francesc, cerca de la torre de Es Catalans antes descrita. Estos recorridos marcados con señales de madera constituyen una buena forma de conocer la isla. No parece la más habitual, porque apenas me

cruzo con alguien. También, en esta época, con el estado de alarma recién suprimido, la presencia de visitantes resulta muy reducida. Y la población local está bastante diseminada.

Hoy toca ir al espacio más conocido de Formentera: Les Illetes, esa suerte de espigón de playa contornado de mar por ambos lados. O entrante de tierra entre el oleaje. Dejamos el coche en el aparcamiento más próximo. Los anteriores y más alejados de esta playa se hallan libres. Ascendemos por los montículos de rocas y arena mientras contemplamos, un vez más, las cristalinas orillas de este tramo del Mediterráneo. La refrescante brisa hace más llevadero el recorrido, porque el sol, como el resto de días, transmite todo su vigor.

Subimos al coche de nuevo, pasamos por las salinas de Es Pujols y buscamos el sepulcro megalítico de Talasso, el teóricamente más antiguo encontrado en las islas Baleares. No nos la jugamos con el coche para recorrer una apartada senda repleta de baches que conduce ante el recinto mortuorio.

Una vez junto a él, de nuevo soledad total, como ocurre con los otros restos megalíticos o con las torres vigías. Se halla situado junto a una casa, como si fuera su patio. Una verja y un cartel indican de qué se trata. De lo contrario, resultaría difícil adivinarlo. Tampoco parece, a tenor de lo complicado que resulta acceder, que haya mucho interés en difundirlo o en visitarlo.

Comemos en Sant Francesc, en casa Amancio, donde el principal atractivo lo constituye la decoración del patio. Compramos un par de botellas de vino mallorquín Pere Seda, salchichón ibicenco (un descubrimiento) y vuelta a la casa para la preparación de maletas.

Recorrido de despedida por el puerto de La Savina, con su murete y sus tiendas, y embarque a las ocho para zarpar a las nueve de la noche. Ahora ya no hay, ni lo habrá al llegar (dos horas después), control de temperatura. Tampoco entrega de folleto explicando cómo te encuentras de salud. Volvemos a la península con el barco a media ocupación. Atrás queda Formentera, una isla encantadora tanto en la antigua como en la nueva normalidad.

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