Última etapa de la crónica viajera por la Galicia más invernal (3): hasta Finisterre, el fin de la tierra

Tercera jornada hacia Finisterre. Esta más itinerante. Con un Seat Ibiza de alquiler nos vamos hacia las rías. La primera etapa concluye tras alrededor de 60 kilómetros en la costa de Louro, una pequeña confluencia urbana coruñesa ubicada en un punto estratégico, en la ría de Mouro –depende del municipio del mismo nombre-, en dirección a Noia. Descontando su atractiva playa, más disfrutable en verano, destaca su alejado faro, en el monte Louro, a la misma entrada de la ría. Solitario, permite concentrarse en sentir la fuerza del viento y del mar, y, de paso, comprender por qué los antiguos griegos temían tanto despertar la ira de Eolo o de Poseidón.

Desde Louro afilaremos la costa hasta el lugar más extremo, el legendario Finisterre o fin de la tierra. Carnota, Caldebarcos, O Pindo, Corcubión… entre tramos playeros desérticos que llaman a un paseo solitario si no nos importa que nos tambalee el viento y faros que animan a una parada, llegamos a Fisterra o Finisterre, directos a su punta. A experimentar esa confluencia de ilusiones, de Camino de Santiago, de final del mundo conocido durante siglos y de percibir que tu mirada no toca tierra, por muy lejos que trates de orientarla.

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El faro de Fisterra cuenta con centro de interpretación, tienda y hospedería. No obstante, si las piernas lo permiten, el mejor punto se halla en el mismo extremo, saltando entre rocas, percibiendo que casi no puedes avanzar más porque de hacerlo te zambullirías en el océano. La simbología de El Camino, con botas abandonadas, montículos de piedras e incluso una imagen del inefable Santiago, salpimenta ese tramo rocoso que termina en el vértice del cabo.

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Llega la hora de la comida, de la típica mariscada a ser posible. La mayoría de locales del puerto está cerrada. Únicamente abren dos y ya se encuentran llenos. La fuente de marisco para dos personas tiene el precio fijado de 60 euros. Zigzagueando entre calles, mar afuera, damos con un restaurante cumplidor para satisfacer el paladar.

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Desde allí un curioso incidente nos guía a La Coruña. Tuvimos un olvido en el tren del día anterior entre Vigo y La Coruña, al bajar en Santiago. Al acudir hoy a la oficina de objetos perdidos en la ciudad compostelana nos dicen que lo que buscamos se halla en La Coruña, pero que sí queremos conseguirlo hemos de ir hasta allá. A pesar de los numerosos trenes que cada día unen las dos urbes, Renfe no presta el servicio de enviar objetos perdidos entre oficinas, en el mismo tren.

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Total, que el destino, el despiste o la falta de prestación de Renfe nos llevan hasta La Coruña y nos permiten, además de la estación, recorrer su paseo marítimo hasta aparcar junto a la torre de Hércules, su emblema, el faro milenario de cuyo origen queda poco pero cuya larga historia supera con creces esa escasez de vestigios. Está cerrado. Sin pegas. Lo circundamos. En estas costas escarpadas, donde el viento te golpea y el batiente del mar contra las rocas te arrulla o te sobresalta, se trata más de mirar el infinito. O de cerrar los ojos y escuchar.

Regreso a Santiago ya de noche, intercalando lluvias y claros, como los días anteriores. El paraguas se ha convertido en un compañero ineludible. Y ya en la ciudad, vamos a cumplir una recomendación, la de degustar tortilla de patatas de Betanzos en el bar Tita, muy cerca de la catedral. Todo un acierto la sugerencia. Muy sabrosa esta tortilla más líquida y menos contundente de lo que estamos habituados. La sirven como tapa con lo que pidas de bebida.

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Con el sabor de tortilla de Betanzos y con un breve recorrido, a la mañana siguiente, por el mercado de abastos, por sus puestos de venta y por los cocina, que allí te preparan para ingerir lo que compres o productos típicos que tampoco hace falta comprar, cerramos el viaje. No ha sido posible encontrar el torno del convento de las benedictinas para adquirir una torta de Santiago. A la próxima ocasión, que confío en que no se demorará mucho.

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