De Alicante a Caudete: por el Camino de Santiago de la Lana

El Camino de Santiago de la Lana. Imagen: SQV
El Camino de Santiago de la Lana. Imagen: SQV

La animada conversación en el trayecto de Blablacar y la sabrosa tortilla de patatas que comí en una discreta cafetería por recomendación de las trabajadoras del mostrador del Museo de Arte Contemporáneo de Alicante (MACA) constituían buenos presagios. En cambio, la escasa señalización por las calles de la capital alicantina y el sofocante calor que ya empezaba a sentirse suponían la antítesis en el batiburrillo de sensaciones previo a cada experiencia de estas características.

En cualquier caso, salí de la Basílica de Santa María, el kilómetro 0 del Camino de la Lana (variante de El Camino de Santiago llamada de este modo por su vinculación histórica con la trashumancia), con el primer cuño estampado y la petición de un buen recorrido. El primer tramo está configurado en la propia ciudad. Durante unos cinco kilómetros la atraviesas desde la calle Mayor, muy cerca de la orilla del Mediterráneo, hacia el interior, por trazados como la avenida de Orihuela o junto al mercado de Benalúa. A esta altura encontré el último local para aprovisionarme de agua. Compré dos litros, que con el tiempo se demostrarían insuficientes.

Pasados la industrial calle de los Cipreses y el cementerio de Nuestra Señora del Remedio, termina el casco urbano y comienza un auténtico secarral. En la primera parte te cruzas con algún camión procedente de las hormigoneras que se asoman en este espacio. También aparecen vertederos, oficiales o ilegales, y casas dispersas. El polvo y la gravilla marcan el camino mientras que la temperatura, ya pasadas las 12 del mediodía, sobrepasa con creces los 30 grados en este día de agosto. No hay sombras.

Así se pasa por alguna partida, como la de Rebolledo, en una soledad que aumenta cuando cruzas el puente sobre los raíles del tren y desembocas en un terreno más inhóspito si cabe. A estas alturas las señales de El Camino son menos que esporádicas. El rastro ya se pierde y toca tirar de Google Maps, Wikiloc (personalmente, trato de evitarlos y regirme únicamente por las flechas amarillas y las conchas, identificadores de la senda jacobea).

Calor en el secarral

Llega un momento en que estos caminos ardientes -andamos ya por las dos de la tarde-, que parecen girar sobre sí mismos, se adentran en la denominada sierra del Águila, entre ondulaciones, riscos, piedras que se deslizan y senda desdibujada o, en ciertos casos, inexistente. De los dos litros de agua apenas restan algunos sorbos, con el líquido a una graduación que más que saciar la sed abrasa la boca. Toca racionar al máximo y tirar de reservas de fuerza. No queda otra.

Y de este modo, con la duda de desviarme por la variante del santuario de San Pascual ante la posibilidad de encontrar una fuente que descarto por la elevada pendiente y la falta de certeza hídrica, llego a Orito, pedanía de Monforte del Cid, y encamino mis pasos hacia el bar más cercano o hacia el santuario, que en este caso sí que asegura provisión líquida. Han pasado 18 kilómetros desde la salida de Alicante y unas tres horas y media de interminable y asfixiante secano. En el bar Nuevo -así se rotula- pido dos latas de Aquarius y una botella grande de agua.

A partir de aquí, y tras pasar junto a la ermita en honor a San Pascual Bailón -muy venerado en Orito-, la etapa mejora. Ahora ya tengo la seguridad de que habrá espacios urbanos y algún lugar donde aprovisionarse. En los anteriores 18 kilómetros no los hubo. La escasa literatura sobre este camino impide saber este tipo de detalles fundamentales. Principalmente en verano. Yo no me cansaré de advertirlo a quien me pregunte. Quizás hubiera estado bien que me lo hubiera transmitido, cuando hablamos previamente, el portavoz de la Asociación de Amigos de Santiago en Alicante, una persona muy amable y atenta, por otro lado.

Uva embolsada en el Camino de Santiago de la Lana

Entre campos de la singular uva embolsada del Vinalopó llego a Monforte del Cid. Me telefonea Paco Sierra, el hospitalero de Novelda. En estas variantes tan poco transitadas de El Camino no abundan los alojamientos, y donde los hay resulta necesario contactar con antelación con quien los dirige para informarle de tu llegada. Lo hago diez kilómetros después de Orito, sin más incidencia que andar en un tórrido día, aunque esta vez con altas dosis de agua.

Paco Serra me espera con Lola, su cariñosa perrita. Hombre elocuente y apasionado de El Camino, me explica cómo trazó personalmente el de la Lana, que en estas etapas atraviesa las mismas localidades que el del Sureste, y me muestra sus recopilaciones al respecto. Lo hace en un primer piso que desarrolla las funciones de albergue. Me inscribo en el registro. Han pasado 18 días desde que lo hizo el anterior peregrino.

Después me cede las llaves de este apartamento de tres habitaciones y seis camas, cocina amplia, patio y confortable comedor. Dormiré solo en este alojamiento que, con sus múltiples mapas e imágenes colgadas, se erige como un museo de El Camino en su vertiente alicantina.

Ceno en La Herradura, un bar con buena relación entre calidad y precio que Paco Serra me ha recomendado, y trato de descansar. Los múltiples ruidos del edificio y el cansancio acumulado tras los 32 kilómetros de la etapa de ayer (más los tres que anduve previamente desde donde me dejó el conductor de la aplicación Blablacar hasta el centro) no me dejan apenas conciliar el sueño.

Novelda

Me levanto con una ampolla y con la necesidad -pese a mis reticencias habituales- de comprar protector solar. Espera un día igual de sofocante que el anterior. Antes, al igual que hice de manera previa a cenar anoche, recorro el centro urbano de Novelda, que preside su estatua de recuerdo al ingeniero naval y marino Jorge Juan (nacido posiblemente en esta población que actualmente supera los 26000 habitantes), por la calle Mayor, el colorido mercado y el casco antiguo.

Salgo, perfectamente aleccionado por Paco Serra, por el barranco de la Sal, entre las primeras liebres -serán mis más habituales compañeras en esta travesía-, y en dirección al Santuario de la Magdalena -de estilo Gaudí- y el castillo, imponentes ambos sobre la denominada Mola. Conforman un paraje municipal de singular belleza junto a dos estanques naturales de aguas rojas y negras (el Clot Roig y el Clot Negre), a las que atribuyen propiedades curativas.

Continúo mi camino entre tramos que me recuerdan, por las palmeras, a escenas vividas en Túnez o Marruecos. Sin más incidencias, diez kilómetros después, y tras superar unas viviendas diseminadas, me adentro en la espigada avenida de Ronda, en Elda. Serra me insistió en que en sus dos kilómetros y medio apenas hay señales, aunque basta seguirla, no hay pérdida.

Paso junto al estadio de fútbol del Eldense, el Pepico Amat -me sorprende su ubicación tan céntrica-, almuerzo un bocadillo pequeño de longaniza con papas (interpretación de patatas fritas del camarero) sin pena ni gloria en un quiosco y sigo hasta la tercera rotonda, donde tuerzo hacia abajo, a la izquierda, cruzo el puente de madera y comienzo el recorrido junto al río Vinalopó. A esta altura todavía arrastra agua.

Elda y Sax

De este modo transito junto a los restos romanos y a la antigua estación del Monastil y por un paraje yermo en el que de cuando en cuando aparecen carteles explicativos de plantas autóctonas. Me pregunto cuánta gente los leerá, porque ya se encuentran alejados del casco urbano y en estos kilómetros, al igual que ayer, no coincido con otro ser humano. La soledad y el calor siguen determinando esta aventura jacobea.

Enfocando un largo trecho paralelo a la vía del tren acabo llegando a mi destino parcial, Sax, a diez kilómetros de Elda, en medio casi de la nada, con un estilizado castillo que ejerce de potente faro a larga distancia.

Me alojo en la pensión El Almendros. Está cerrada oficialmente; no obstante, su propietario, otro Paco, me ofrece, como a cada peregrino, hospedaje a un precio más barato del habitual y le encomienda que me entregue las llaves a Luis, un señor que está coordinando unas obras del local. Amable, lo primero que me propone, antes de mostrarme la habitación, es una botella de litro y medio de agua fría. La agradezco. Son las dos de la tarde y vengo por un largo tramo sin sombras y a más de 30 grados. Luego me recomienda comer en Cal Tahona, un establecimiento que sí cito por su amplio, sabroso y accesible menú.

La tarde no tiene más historia que un paseo por el casco urbano cuando baja el sol, para descubrir rincones como la Casa de Castelar o el entorno del castillo. Una pena que únicamente este último lo abran, bajo petición, los fines de semana. También descubro que el gentilicio de Sax es sajeño. Por estos lares del interior de la provincia de Alicante hablan con un acento específico, una mezcla entre el más costero y el de Albacete o el más sureño de Murcia.

Cena y a descansar. Quiero salir pronto. Y así lo hago al día siguiente, con despertar a las cinco y ya en calle, mochila a la espalda y báculo en ristre, a las 6,50, con el amanecer, visitando el horno del lugar tras dar los primeros pasos de salida por la calle Mayor. Pronto dejo de ver viviendas y camino por una estrecha aunque nada transitada carretera, con liebres de nuevo contemplándome curiosas.

Cinco kilómetros después hago parada en la denominada Colonia de Santa Eulalia, un grupo de casas construidas a principios del siglo XX entre las que ahora se entremezclan alguna de las que apenas se salva el esqueleto -aquí podríamos incluir el campanario- y otras que mantienen el carácter habitable. A esas horas únicamente dos perros pasean por el lugar.

Villena y su plaza de toros

Sigo sin encuentros hasta dos kilómetros antes de Villena. Ya me cruzo con algún corredor. A las 9,30 me planto en esta monumental ciudad que ronda los 35000 pobladores. Ya engalanada, prepara sus próximas fiestas. La ventaja de ir andando la constituye el hecho de atravesar casi al completo los cascos urbanos, con lo que puedes apreciarlos. El villenense me recuerda al de Orihuela, en la misma provincia de Alicante, o al de Onda, en la Castellón, recios y trabajados, aunque no suficientemente destacados como reclamos turísticos en la Comunitat Valenciana.

Hago la pausa de almuerzo con medio bocadillo de tortilla de patata y anchoa, y retomo para, a los pocos metros, ya en la avenida de la Constitución, enfilar el hito que marca la separación entre El Camino del Sureste y el Camino de la Lana. Lo recorrido hasta ahora desde Alicante corresponde a ambos por igual. Me paro luego a contemplar la peculiar plaza de toros de Villena. Aunque data de la tercera década del siglo XX, se reformó y reinauguró en 2011 con una cubierta completa acristalada y como sala multifuncional en la que caben 10000 personas.

Me gusta la ciudad y la anoto para futuras visitas. Hoy, El Camino me llama. Desde la salida del casco urbano me restan unos 15 kilómetros hasta mi destino, Caudete. Sigo en paralelo a la autovía y, cuando me doy cuenta, me he pasado 1,2 kilómetros del desvío que, con una señal discreta, indica torcer a la izquierda. Está justo al lado de la empresa Sondeos Martínez.

Destino Caudete

Me toca desandar -es una de las cuestiones que menos agrada en estas rutas por los pasos que suponen de más o por confirmar un error propio- y enfilar ya, entre campos de olivos, viñedos y otros cultivos, el tramo final hacia esta localidad albaceteña, aunque de corazón valenciano, ya que fue segregada del antiguo Reino de Valencia en 1707 con el dramático decreto de Nueva Planta.

La provincia de Alicante ya está recorrida a lo ancho. He cerrado cuatro etapas oficiales en tres jornadas para andar, de trazado de El Camino de la Lana, unos 83 kilómetros. Quizás para dejar un buen regusto, el cielo permanece cubierto de un nublado perfecto para la misión andarina. Yo, por si acaso, ya decidí en la jornada anterior cargar con dos botellas de litro y medio. Prefiero llevar más peso y pasar menos sed.

Por cierto, a seis kilómetros de Caudete me cruzo por primera vez con otro peregrino. Se trata de un ciclista bilbaíno que se ha planteado España como un rectángulo y está recorriéndola uniendo caminos de Santiago. Con los años de lanzarme a estos recorridos he aprendido que cada cual se traza su propia senda sobre la base -a veces bastante sui géneris- de las decenas de variantes existentes.

A Caudete entro por la larga avenida de Gracia, después de transitar junto a su llamativo santuario, y ando los últimos metros de este periplo jacobeo corto aunque intenso. Como siempre, noto que es a partir del tercer o cuarto día cuando empiezas a disfrutar El Camino.

Regreso a Valencia en autobús después de una inesperada e interesante conversación de marquesina con un atleta marroquí. Estos encuentros, como el anterior del ciclista vasco o el del hospitalero de Novelda, también forman parte consustancial de los recorridos jacobeos. Incluso en caminos tan solitarios como el de la Lana.