Desierto, playa, agricultura… pronunciar el topónimo Almería puede generar esas evocaciones. Y recorrer Cabo de Gata y la provincia por carretera las confirma con amplitud, y a la referida al campo se le añadiría los enormes invernadores que salpimentan su tierra.
La primera toma de contacto en este viaje con la costa se produce en Carboneras, y obedece
más a realizar una reparación rápida en el vehículo que al interés turístico. No obstante, nos
permite pisar su arena playera y transitar por su paseo marítimo a una temperatura que en
abril ya da para lucir manga corta a primera hora de la tarde hasta que empieza a soplar viento
refrescante.
Nos alojamos en Fernán Pérez, una pedanía de Níjar de alrededor de 400 habitantes, situada
en el parque natural de Cabo de Gata y ubicada a casi 50 kilómetros de la capital almeriense,
La misma propietaria del alojamiento dirige también el único bar del lugar, La Plaza, donde
ofrecen un amplio surtido de tapas.
MiniHollywood, un poblado del Oeste
Una vez instalados y pasada la primera noche, nos dirigimos hacia el denominado
MiniHollywood. Una cola de alrededor de cien personas nos hace percatarnos de que hemos
coincidido en plan con numerosos otros turistas y lugareños. Avanza rápido para pagar los 32
euros que cuesta la entrada, que se amplían a 48 si quieres que te incluya la comida de buffet.
Y 4,95 más por el aparcamiento interior. Fuera existe una amplia explanada gratuita.
Pasear por esta recreación de poblado del Oeste resulta una experiencia singular. Y más entrar
en su museo del cine y observar los carteles de las numerosas películas rodadas en este
espacio décadas atrás. El salón, la iglesia, el banco, la estación, el depósito de agua… no falta
detalle alguno para retrotraerse a tantas tardes de sábado o domingo ante el televisor en
tiempos pasados.
También tenemos la oportunidad de contemplar las dos actuaciones de nivel medio que
incluyen con la entrada y que se prolongan 15 minutos: una, la típica detención de un forajido
y el intento de rescate de la oficina del sheriff por parte de un compinche; y otra, el baile de
cancán en el citado salón.
El poblado se amplía a un extenso zoo que contrasta con el ambiente vaquero y en el que
podemos observar desde hipopótamos hasta murciélagos. Y el MiniHollywood planea
expandirse más con unas construcciones de estética mexicana o un hotel, entre otras
construcciones que expone en un mapa de proyección futura.
La singularidad del lugar, asentado sobre la aridez del desierto de Tabernas, hace que merezca
la pena la visita. Da para cinco horas en las que una gorra o una dosis de protector solar no
sobran en el inicio de la primavera. En verano supongo que serán algo más que necesarios.
Volvemos a Fernán Pérez y, desde allí, nos vamos a la cercana Las Negras, una localidad que
teóricamente no cuenta con un número de habitantes muy superior al de la anterior; no
obstante, el hecho de hallarse en la costa hace que cambie su fisonomía. Nos han
recomendado un bar en primera línea, la Bodeguiya. Imposible porque está abarrotado, al
igual que toda la primera línea de litoral debido a un concierto al que asisten más de 200
personas.
Las calles colindantes a la playa están, en general, bastante concurridas. Al contrario que en
Fernán Pérez donde solamente comparten labor comercial un bar y una tienda, aquí proliferan
los restaurantes. Se suceden en bajos contiguos hasta superar la decena.
Segundo amanecer almeriense. Esta vez decido preguntar rutas senderistas a la propietaria del
alojamiento y del bar, Lola, y me anima a dirigirme hacia Los Albaricoques. La senda discurre
por carretera comarcal, con escasa vegetación y sin demasiado contraste en el paisaje. Ando
en dirección al cortijo de El Fraile y llego hasta el de Tenada. Hora y media larga entre ida y
vuelta que me sirve para calibrar mejor el entorno agreste y algo monocromático, en el que
resplandecen las viviendas blancas sin alturas de Fernán Pérez.
Desayuno de sabrosa tostada de jamón con tomate y aceite, sentados en mesa al agradable sol
en la plaza de la pedanía, tomada por las mesas del bar, y carretera con tranquilidad, a ritmo
local, en dirección a Rodalquilar. Esta también pedanía de Níjar llama la atención por su
proliferación de tiendas y locales de restauración con cierto aire hippy, su poblado jardín
botánico y, sobre todo, su antigua mina, al final del término, y completamente abandonada, de
la que extraían oro. De ella quedan principalmente unas enormes tolvas, herencia del proceso
que desarrollaban con grandes cantidades de agua.
El Playazo
Su parte costera se llama El Playazo (por su mayor tamaño comparado con otras calas), de
acceso por pista de tierra, con una fortificación -la batería de San Ramón-, ubicada a unas
decenas de metros de la arena, y otra -la Torre los Alumbres- semiderruida, unos 400 metros
antes de llegar.
Desde allí nos dirigimos hacia la Isleta del Moro, topónimo que procede de su pasado como
refugio de piratas berberiscos, y que destaca por un enorme peñasco que resquebraja su
playa. En sus alrededores, un extenso aparcamiento montaña a través y numerosos bares en
sus escasas calles en las que no habitan ni 200 personas.
En días festivos como el actual, recién iniciada la primavera, el número de visitantes
multiplicará posiblemente por cinco esa cifra. Esta circunstancia provoca que La Ola, el local
donde pensábamos comer, se encuentre lleno, y que tengamos que hacer méritos para
encontrar mesa en otro establecimiento. Tardan en servir. No hay prisa. Nos embriagamos del
ambiente de la provincia. Comemos a las cuatro una especie de caldereta de pescado, con
Gallo.
Rematamos la degustación gastronómica en la localidad de San José con un helado después de
esperar una larga aunque rápida cola. Su fama le precede. Después, camino por el paseo
marítimo y regreso al coche para seguir la ruta. En pantalón y manga corta.
Dos interesantes playas, la de los Genoveses y Agua Amarga
La siguiente etapa la constituye la Playa de los Genoveses, siempre dentro del Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar. Se extiende a lo largo de un kilómetro y se distingue por su enorme duna, por su amplia protección paisajística y por el hecho de que, al igual que el resto de espacio apto para baño del litoral, exige aparcar a cierta distancia. En verano resulta obligatorio desplazarse con un autobús lanzadera debido a la proliferación de visitantes.
Muy cerca se sitúa la playa de Mónsul, conocida por el rodaje de una escena de la tercera
entrega de Indiana Jones, con Sean Connery realizando una curiosa prueba con su paraguas.
Esta cala, protegida por salientes como la anterior y por vallas de madera con el fin de evitar la
flora de su entorno, resalta por contar con un peñasco con forma de sapo estas proyecciones
mentales siempre resultan subjetivas al que se trepa desde la misma orilla. Por ello y por el
sosiego y transparencia del agua marina.
Con esas visitas marinas se nos va el día. El sol ya se está escondiendo y la gélida brisa comienza a reciar. Acaba la jornada con regreso a nuestra base. Por el camino ni gasolineras, ni, como nos explica Javier, cicerone en parte de este día, apenas cajeros. La dificultad, o la suerte para evitar el turismo de masas, del Cabo de Gata consiste en el relativo aislamiento de sus espacios con más encanto.
En el penúltimo día nos dirigimos a la capital que da nombre a este municipio de alrededor de
600 kilómetros de extensión repleto de pedanías, a Níjar. Lo hacemos después de un paseo- en
este caso por la carretera de Agua Amarga, donde entablo conversación con un simpático
pastor que transita con sus ovejas- y el ya clásico desayuno de tostada con jamón y tomate.
Níjar nos sorprende por el acicalamiento de su casco antiguo, el que discurre desde la calle de
los Artesanos hasta la Atalaya, con la bonita iglesia parroquial de la Anunciación, en la que
sobresale su artesonado de madera, la solemne imaginaria y el llamativo retablo.
Paseamos por sus sinuosas callejuelas, pasamos bajo El Portillo, con sus macetas
ornamentales, y transitamos por una localidad que la visitamos en pleno recogimiento,
superado el apogeo de Semana Santa. Con los bares cerrados y un poderoso sol primaveral
que induce a no separarse de la sombra.
Por la tarde, después de disfrutar del sol de la plaza de Fernán Pérez tapita en mano, nos
dirigimos a la localidad de Cabo de Gata, a la que da nombre a todo, y, más en concreto, la
superamos, pasamos por la playa de la Almadraba con su iglesia que emerge como un islote en
un mar de arena frente al de agua, y ascendemos hasta el faro, el símbolo del cabo.
No se puede subir hasta la cúspide, pero sí asomarse al acantilado y contemplar los temibles
arrecifes de Las Sirenas, llamados así por la colonia de foca monje que la poblaba y cuyo
sonido lo asimilaron los marineros al de los míticos personajes que atronaban los oídos del
homérico Ulises y de su tripulación en la Odisea. La panorámica impone, con los restos del
castillo de San Francisco de Paula como base del faro y el morrón o peñasco del cabo a
continuación, más abajo.
Desde allí nos dirigimos a El Islote del Moro a tratar de ver la puesta del sol. El problema
consiste en que desde este lado apenas se aprecia. No obstante, la parada nos permite pasear
por la denominada también en la zona ‘la Santorini‘ (por el tono volcánico de sus rocas)
almeriense , en calma y sin el ajetreo del día anterior. Por su atractivo resulta fácil imaginar
por qué ha sido escogida para numerosos rodajes.
Antes de retornar a la base nos tomamos una tapa en Rodalquilar, otra pedanía de Níjar con
encanto propio mucho más allá del hecho histórico y comercial de disponer de una fructífera
mina. Y así -y con una última tapa en el bar pegado a nuestro alojamiento- cerramos la
jornada.
Viaje de regreso, aunque antes nos permitimos la última parada: Agua Amarga, entre la Cala
de Enmedio, la Playa de los Muertos y Carboneras. Otra pedanía más de Níjar aunque, como
cada una, con su propio encanto. Las casas encaladas no sorprenden porque forman parte de
la idiosincrasia de cada núcleo del parque natural.
No obstante, sentarte ante la coqueta cala, en una cafetería con las mesas situadas en un
saliente sobre la arena, y desayunar te permite marcharte con el regusto de la esencia del
Cabo de Gata-Níjar un espacio de contrastes naturales, con su litoral protegido, sus pequeños
núcleos urbanos, sus sinuosas carreteras al poco de alejarte del mar y sus panorámicas limpias,
sin apenas alteraciones de la naturaleza.

